De cuando fui a Brunei e hice el Ramadán

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Philipp y yo habíamos tomado aviones distintos; él hacia Europa, y yo hacia Kota Kinabalu de nuevo, pero solo de paso. Estábamos en pleno Ramadán y volví al hostel donde habíamos estado días atrás a recuperar un pantalón y una camiseta que me había dejado olvidados. El tipo me los había guardado: un chaval encantador que estaba allí trabajando para pagarse sus estudios, como un campeón, viviendo con su hermano. Mi intención al volver a Kota Kinabalu no era revisitar la ciudad, sino tomar un autobús para llegar hasta Brunei. Y os preguntaréis por qué, y qué interés tenía yo en poner un pie en dicho Estado, que no es precisamente un destino para mochileros…

Pues bien, para empezar, Brunei es un lugar particular: uno de los países más ricos del planeta, en medio del Tercer Mundo, gracias al petróleo. Podéis leer información general aquí. Me causaba curiosidad estar en un lugar tan estricto (por favor, echadle un vistazo a este artículo de cosas prohibidas en Brunei: hasta la Navidad).

Así que, después de una noche en un hotelucho infame y de presenciar cómo el Ramadán hace emerger y desaparecer festivales callejeros de comida como setas (para que la gente esté preparada para que se abra la veda, en cuanto anochezca, y engullir cosas ricas), tomé el autobús matutino en dirección a Bandar Seri Begawan, la capital de Brunei.

Tengo que deciros que este viaje en autobús te regala una colección importante de sellos en tu pasaporte, ya que se cruza la frontera cuatro veces por cómo es la geografía del país (de Sabah a Sarawak, a Brunei, a Sarawak y a Brunei), ¡así que se lo pasa uno pipa pasando controles fronterizos! (era irónico). También se atraviesan algunas ciudades secundarias de Brunei, como Bangar (pensé que no me hacía falta volver allí). Se supone que merece mucho la pena visitar el parque Ulu Temburong, que es un bosque virgen muy bonito pero, habiendo ya visitado los de Sarawak, no iba a tener tiempo de hacerlo, y tampoco podía ser tan distinto. Así que mi intención era, simplemente, echarle un vistazo a la ciudad para llevarme una impresión de aquel país.

Antes de contaros lo que hice, me gustaría hacer hincapié en que Brunei es el país del sudeste asiático más estricto con la ley islámica (religión oficial), tiene una ideología nacional llamada Melayu Islam Beraja (monarquía islámica malaya) y un sultán legítimo. Un sultán muy peculiar: Muda Hassanal Bolkiah, uno de los hombres más ricos del mundo, del que quizá habéis oído hablar (aunque en Brunei no escucharéis nada negativo sobre él, más que nada porque está prohibido) por sus ostentosos caprichos y riqueza. Quizá también por algunas acusaciones no muy bonitas que digamos. Este hombre nada en oro, literalmente, en un palacio enorme (también de oro) y os recomiendo también que leáis estos artículos si queréis saber más sobre él. De todas maneras, tengo que deciros que ¡las personas con las que he hablado en Brunei lo quieren y lo adoran! ¿Por qué? ¿Será porque consideran que, gracias a él, tienen un sistema de salud gratuito? (a diferencia de los demás países vecinos), ¿será porque una vez al año, al finalizar el Ramadán, les abre las puertas de su palacio para que se pasen por allí si quieren, a comer algo? El caso es que, lo veáis como lo veáis, el sultán es el que corta el bacalao en Brunei.

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Llegar a la parada del autobús es bajarte en medio de la ciudad y no saber para dónde tirar porque, no, el transporte público no abunda. Yo tenía reservado un airbnb en casa de unos filipinos, y no había ni taxis ni autobuses por allí para llegar hasta él. Y es que, bueno, todo el mundo tiene coche porque, nadando en petróleo, la gasolina les cuesta una ridiculez. Por lo que allí estaba yo, la pringada, mochila a la espalda y mirando a izquierda y derecha sin un santo taxi que tomar ni un triste autobús al que subirse. Pero, por suerte, un señor que estaba allí, que había ido a la parada de autobuses por algún motivo, me preguntó que a dónde me dirigía, y se ofreció a acercarme junto a su hijo, no hasta la puerta del apartamento, pero lo bastante cerca como para que solo tuviese que subir la calle. Y así lo hizo, ¡qué suerte que tuve, una vez más! ¡Gente amabilísima! En el apartamento me habían dejado la llave fuera porque mi contacto no estaba, así que entré y acabé hablando un poco con un compañero suyo de piso, que me dijo que me diera prisa para comprarme algo de cenar, porque allí todo cerraba pronto… y no nos olvidemos, chicos, que ESTÁBAMOS EN RAMADÁN. Y eso significa no solo que los musulmanes no pueden comer durante el día, sino que tú tampoco estás autorizado a hacerlo; como si eres de la religión de la Discordia, da igual: ni se te ocurra. Ni agua. Lo que dicen que es el motivo: por respeto a los que sí que hacen el Ramadán, no está bien restregarles por la cara que a ti su ayuno te da igual, delante de ellos, en público. Vamos, que si consigues comprar algo en algún restaurante y llevártelo a tu casa, a zampártelo debajo de la cama, vale, pero no encontrarás un restaurante abierto.

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Así que, bueno, cuando salí a buscar cena ya era un poco tarde, los puestos callejeros de festival emergente ya habían cerrado, así que pensé que lo mejor que podía hacer era ir a uno de esos “food courts” llamado Tamu Selera. Que también estaba en un momento deprimente, para qué engañarnos, estaba prácticamente vacío. Nada de música (por cierto, imaginad lo que puede ser que te guste el heavy metal: ¡imposible una actuación pública de semejante indecencia!), ni un atisbo de diversión. Decidí sentarme en uno de los chiringos y al final acabé de charleta con otra pareja de filipinos que vivían allí. Parece ser que hay mucha inmigración de dicho país porque en Brunei se gana buen dinero, y no veo que les importe renunciar a lo que viene siendo un poco de “chispa”, en pos de una vida familiar estable y segura (si lo vemos así). Cuando terminé de cenar me di un paseo nocturno por la ciudad desértica, por los edificios oficiales iluminados, por lo que casi parecía una ciudad fantasma. Y volví a casa, donde ya estaba mi contacto filipina, que me corroboró lo que me contaron sus paisanos. Una tía maja, una habitación pasable con un colchón sin quitarle el plástico, como de costumbre.

Al día siguiente, según me levanté, la luz (y por consiguiente el wifi) de la casa no funcionaba, y eso para mí no era bueno, pero menos para la compi de piso de mi anfitriona, que estaba agobiadísima con ello y no sabíamos cómo arreglarlo. Buscamos por todas partes interruptores de seguridad, y ella ni siquiera podía llamar por teléfono a su prima – mi anfitriona- porque no tenía saldo. Yo menos. Me pidió que, si pillaba wifi por algún sitio, la avisase inmediatamente.

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Así que me fui a dar una vuelta por la ciudad. Pasé de ir al museo de regalos del sultán (Regalia, otra demostración de poder) y me di un garbeo por un mercado de comida tradicional, el Kianggeh, para ver cómo era. Mucho plátano. Así que de allí que me fui directita a lo que pensé que iba a ser lo más interesante: el Kampong Ayer. Significa, literalmente “pueblo acuático” y os podéis imaginar cómo es: pues un asentamiento enorme sustentado sobre palafitos. De hecho, el asentamiento más grande del mundo en este estilo. La Venecia del Este, que le dicen. Ha estado habitado durante siglos y es el origen de la ciudad. Se compone de varios barrios que se denominan pueblos, con subdistritos, que tienen su propio jefe. Las zonas están conectadas por puentecillos de madera o cemento, así que se puede recorrer todo a pie (salvo algunas zonas que están más apartadas y para las que se necesita una barca). 40 pueblecitos con 36 kilómetros de recorrido. Hay colegios, mezquitas, edificios públicos… en fin, de todo, y viven unas 13.000 personas, o sea, un 3% de la población del país.

Cuando el taxi acuático me depositó en la entrada, lo primero que encontré fueron casas medianamente modernas y un museo sobre los orígenes del Kampong, en el que el guarda estaba dormido y roncando cuando entré, y donde se exhiben algunos objetos que explican la historia de tan peculiar asentamiento. No es muy grande, así que me puse a pasear por el asentamiento en seguida. ¿Y qué encontré allí? Pues personas viviendo en condiciones muy humildes, en casas de madera, y con mucha basura alrededor. Los tablones de madera que crujían bajo mis pies no me resultaban muy fiables, en ocasiones brillaban por su ausencia. Había algunos animales por allí, tipo gallo o gato. Pero todo aquel que me cruzaba me saludaba. Las personas de aquel pueblo las recuerdo curiosas por verme, por hablar conmigo, por que les hiciera fotos. Di con individuos simpatiquísimos, sonrientes, bromistas. Algunos me invitaron a pasar a su casa para ver la colección personal tipo museo de objetos que tenían. Otros me hacían gestos desde el agua mientras se bañaban. Yo no me iba a bañar, y supongo que ni siquiera podría usar bañador. Si ni siquiera podía ir sin mangas, claro.

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De pronto, los chavales volvían a casa del colegio, y unas adolescentes que estaban sentadas por allí me pararon para que hablase con ellas. Aquella conversación duró yo diría que casi una hora, y la recuerdo con mucho cariño. Ellas me contaban de su vida allí, de su Ramadán (me hicieron cantarles una canción en español, pero ellas no podían cantar porque decían que les daba sed, cosa que me dio a mí también), de cómo una de ellas sí que podía comer de día porque tenía la menstruación. Se llevaban las manos a la cabeza cuando yo les contaba que la gente en Europa hasta hacía topless. Para compensar, me contaron que allí había pena de muerte por adulterio. Vamos, que ni pecar de pensamiento, ¡quién sabe si te lo controlan! Fue un intercambio cultural interesante, en aquel banco de madera, en frente de la casa de una de ellas.

Cuando las dejé, adictas a los móviles, como cabía esperar, los imanes de las mezquitas entonaban sus cantos, y yo volví al mundo de los ricos, en barca, pasando mil de acercarme al palacio del sultán, que veía desde lejos. Le di un trago rápido de agua a mi botella, no sin sentir cierto acojono (¿conocéis esa sensación de tener miedo de hacer algo malo, que ni siquiera sabes qué es lo que está mal?) y alcé la vista para encuadrar la suntuosa mezquita del sultán Omar’Ali: el contraste dorado con el sencillo pueblo acuático. Qué estilos de vida tan diferentes, en un espacio tan pequeño…

Pasear por el centro histórico de Bandar Seri Begawan es pasar por cuatro tiendas, talleres, restaurantes (cerrados en su mayoría, menos uno indio donde también tuve charleta con uno de los parroquianos, en la entrada). Es bordear edificios públicos, algún templo, museos, la torre del reloj… pero nada con alma. Todo muy limpito, muy serio.

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Me cogí un autobús que me habían indicado que iba al Gadong Wet Market, donde la gente compraba comida como loca en un pabellón donde había de todo (no sé si mereció la pena ir hasta allí), y luego volví para comprar mi propia cena en el mercado emergente, el festival de comida callejera. Como era la única occidental que vi en todo el día (en mi reflejo), los vendedores de los puestos me regalaron cosas de comer para que las probara (insisto: las personas de Brunei son amabilísimas) y, con mi bolsita llena, me fui a casa para poder devorarla de una vez por todas, ya que estaba muy hambrienta y sedienta.

Mi anfitriona estaba allí (yo la había avisado con un wifi que pillé en la puerta de un McDonald’s cerrado a cal y canto), y había solucionado el problema de la luz, así que estuve de charla con ellos un rato más y allí terminó mi exploración de Brunei, porque decidí que no quería estar más tiempo en un lugar tan estricto. A la mañana siguiente, de camino a su iglesia cristiana (mis anfitriones iban a ir a misa), me dejaron en la misma parada de autobús en la que me bajé, y continué mi camino, volviendo a mi querido Estado de Sarawak, donde dormí en Miri y no me privé de beber agua en donde me dio la gana, cuando me dio la gana.

Brevemente puedo deciros que Miri no es nada bonita, es una ciudad de paso y de negocios, y lo más útil que hice la tarde que pasé allí fue convencer a la recepcionista del hotel de que, por favor, enviase las llaves del apartamento a su dueña, mi anfitriona de Brunei, porque las llevaba yo en el bolsillo, por descuido, y las oficinas de correos iban a estar cerradas hasta que yo volviese de mi exilio del mundo, ya que iba directa a internarme en las Kelabit Highlands.

Fotos de Mandarinaparlante.

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3 respuestas a De cuando fui a Brunei e hice el Ramadán

  1. usebiete dijo:

    Muy interesante e instrustivo

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