Historia de una almohada

Birmana

Foto de Mandarinaparlante

Todos hemos robado alguna vez una almohada del avión, ¿no? Ah… que no… ya, ya sé que no las dan con el billete, y menos en estos tiempos en los que, en las aerolíneas, te cobran hasta por hacer pis. Pero el caso es que pensé que tener una almohada de tamaño pequeño en mis días en Myanmar, hace ya algunos meses, iba a ser una muy buena idea. Ni qué decir tiene que no sentí remordimiento alguno, ni por un segundo.

Iba a pasar 20 jornadas en las que los viajes en autobús nocturno son más largos que un día sin pan, donde uno ha de intentar dormir como sea, mientras algún propio, local, ofrece el festival del vómito con banda sonora en Dolby surround a los pocos desgraciados que sufran de insomnio (repetidas veces. Siempre hay alguno). No me equivocaba: aquella almohadita fue la mejor no-inversión del viaje.

Los primeros trayectos fueron de Yangón a Mawlamyne, de Mawlamyne a Hpa An, en autobuses destartalados. Una gozada de cojín. Pero fue en la larga travesía hasta Kalaw cuando pasó lo inevitable: cuando te despiertan al amanecer, instándote a que abandones el autobús porque has llegado, cuando tienes que coger dos mochilas y salir pitando… vamos, que me dejé la almohada en aquel bus que seguía su recorrido, incansable. Me di cuenta 5 minutos después y, obviamente, me cagué en la puta de oros. Una cosa tan útil y tan rentable calidad-precio… ¿Cómo había sido tan descuidada? El caso es que, cabizbaja, llegué a mi hotel, el Kalaw Inn, y la recepcionista, amabilísima, me explicó todo tipo de cosas y hasta me quería mandar al hospital para que me mirasen la rodilla (me había caído con una moto el día anterior). Le di ropa para lavar, descubriendo que en ese país te cobran por cada pieza. Y, de pronto, se me encendió una lucecita, y le hablé de mi luto por la tragedia de haberme separado de mi almohada. ¿No sería ella tan amable de llamar a los del bus?, se me ocurrió. “¡Claro que sí! ¿Qué compañía es?” Pues no tenía ni idea, pero los del hotel del día anterior debían de saberlo, pues me organizaron ellos el billete… La mujer, ni corta ni perezosa, llamó al hotel que le indiqué para que le dieran el teléfono de la compañía de autobuses. Y sí, increíblemente, la pusieron con alguien que podía ver que en el autobús estaba mi almohada en el asiento que dije… y lo mejor ¡es que prometieron que la traerían de vuelta con el siguiente autobús y la dejarían en la estación! Esto (empezando por que llamase al hotel para preguntar) me pareció un gesto extraordinario (aunque no es nada fuera de lo común entre los birmanos, que son una población encantadora en general), pensé si algo tan sencillo de hacer lo repetirían en mi país, o en Europa en general, donde cada vez parece más que todo es grande e impersonal, y quizá traer una almohada que se ha dejado una chica en el autobús parecería una gilipollez.

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Kalaw. Foto de Mandarinaparlante

El caso es que, al día siguiente, me acerqué a lo que llaman “estación” (una garita que vende billetes y un banco de la calle, vamos, me costó encontrarla), y allí estaba mi almohada querida, esperándome, lista para seguir salvándome el cuello. ¡Me pareció increíble que realmente me la hubieran traído!

El resto del viaje discurrió entre mil aventuras, marchas por el entorno rural, gente magnífica y, cómo no, autobuses, siempre con la almohada cumpliendo su cometido. Mi último destino fue Mandalay, donde me reencontré con uno de los nuevos amigos que había hecho en la ruta de Kalaw al Lago Inle, Elwin. Un chico francés genial. Y pensé que podría hacer algo bueno con la almohada, puesto que no me la iba a llevar de vuelta a Europa: dársela a alguien que la pudiera necesitar.

Dos días me paseé la almohada por si me topaba con algún posible destinatario, cuando, yendo en bici con Elwin, de pronto vi a una madre con la abuela y dos niños, uno de ellos muy pequeño, que se encontraban pidiendo dinero, sentados en el suelo, delante de un negocio. El chiquitito estaba tirado boca abajo en el suelo, la cara contra la sucia acera, y le dije a Elwin que parase su bici, en seco. Directamente y sin pensar, alargué la mano y le di la almohada roja a la madre, señalando al niño de dos años. La madre y la abuela me sonrieron y me dieron las gracias, pero lo que no olvidaré nunca es cómo el pequeño agarró el cojín dando saltos de alegría y chillidos de gozo y risas, y empezó a jugar con él y su hermana mayor, apretando la cara contra la suavidad del objeto, en un abrazo. Creo que oí cómo se me partía el corazón.

Volví a pasar por el mismo sitio, cercano al palacio, para volver al hotel, horas más tarde. Por la acera de enfrente de aquella gran avenida, vislumbré a aquella familia, y al niño dormidito sobre mi almohada roja, en el suelo. Me estremecí de amor y tristeza. Cuán afortunada era yo, capaz de pagarme un vuelo para volar a su país, de robar una almohada roja, pasearla por media nación. De incluso regalarla. Me pregunto cómo terminará su recorrido.

Ése fue mi penúltimo día en Myanmar, y aún tuve la oportunidad de conocer otras ciudades, y de llorar al despedirme de Elwin. El vuelo de vuelta fue largo (de hecho fueron tres vuelos en el mismo día para volver a Europa), pero no, no lo dejé pasar: ahora mismo en mi sofá hay una almohada roja de cierta aerolínea. Me la llevo para dormir en las acampadas. Una maravilla.

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2 respuestas a Historia de una almohada

  1. M.José Sanz dijo:

    Me gusta el texto, Beatriz y su almohada viajera. Y pienso,como tú, lo afortunados que somos y lo poco conscientes que somos de ello.

  2. Laranina dijo:

    Divertido y enternecedor, como tus otros textos. Y qué razón tienes en recordarnos cuan afortunados somos

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