El décimo acertado de El Gordo que nunca ganó

gordo

El Gordo 2016

En la vida hay cosas que hay que hacer, por principio. Como, por ejemplo, comprar lotería de Navidad del curro. Si hace falta, empeñar hasta el anillo último de la abuela, pero ¡comprar lotería del curro! porque sólo faltaría que le tocase a todo el mundo menos a ti y que todos tus compañeros pudieran dar portazo al jefe con la frase de “¡me largo!”. Todos menos tú. Es mal. Y no se cura con “pero de salud ando muy bien”.

En lo tocante a comprar lotería de Navidad, uno también puede (además de comprar lotería del curro) comprar lotería de aquella ciudad a la que fue de excursión, en modo romántico, por si le trae suerte. O, en su defecto, uno puede comprar lotería de Navidad en la administración de en frente de casa, aunque sea para tener un segundo décimo que comprobar en el periódico.

Prudencio estaba bastante compungido porque, este año, El Gordo había caído en la administración de en frente de su casa, donde había comprado… pero no el número afortunado. Contaba que no era plato de buen gusto mirar por la ventana y ver las cámaras de televisión inmortalizando aquellas explosiones del corcho de las botellas de cava, o escuchar a cada segundo a un vecino compartir con él su felicidad al verse rico, riquísimo, de por vida. Odiaba poner la tele y ver anunciada la Lotería del Niño. Estaba deseando que terminasen las Navidades. No era de su agrado pensar que por una mijita de ná, él no estaba invitando a rondas en el bar de la esquina (al dueño del cual, a su vez, le había tocado un buen pellizco) a totales desconocidos, celebrando su suerte. Así que no quería ni salir de casa en los días sucesivos a tan funesto –e injusto- acontecimiento. “Pero hombre, si allí venden cien números, es como si te apenase que tocara la lotería en Doña Manolita pero tú no hubieras visto ni un duro”, le decíamos. Ni con esas. Prudencio se encontraba pocho. Alicaído. Lacio.

Pero no pasaron ni dos semanas cuando fuimos a hacerle una visita y nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Mi padre le preguntó si es que ya estaba recuperado de su esperrenque envidioso-no sano. “Hombreeeeee, ya te digo que si estoy recuperado… ¡hay casos peores que el mío!”.

Y nos contó que, una tarde, paseando al perro (intentando, obviamente, evitar a cualquier vecino), se encontró con un conocido de la pandilla perruna. Y uno habla del tiempo, uno habla de política, o de fútbol… o de la lotería de navidad que ha tocado en el barrio.

– Habrás visto a los vecinos montando jarana… ¿Qué, te ha tocado algo a ti?

Nuestro amigo no se esperaba lo que vino a continuación: el otro señor, con la mirada más mohína que aquél había visto en lustros, sacó un décimo del bolsillo de su chaqueta. Era el número premiado, El Gordo.

En la vida hay cosas que no hay que hacer, por principio. Y esto Prudencio lo entendió en seguida cuando supo que aquel vecino de la pandilla perruna no estaba feliz. No, no lo estaba, claramente. Y es que no le estaba enseñando el décimo de aquel sorteo, sino el de la semana anterior, o el del mes anterior, o el del año anterior… porque este señor era un abonado a ese número pero… aquella vez, y sólo por aquella vez, no lo había cogido porque su deseo era comprar lotería para toda su familia y, de aquel número, no había los décimos suficientes. El pobre desgraciado no se había quedado ni siquiera con uno del que había sido su número por defecto, su número clave, su número preferido, su número de la suerte, su anhelado trébol de cuatro hojas, en los últimos años. Si algo no tiene que ser para uno, no es, ni será. ¿Cosas del Destino?

En la vida hay cosas que hay que hacer, por principio. Y una es quedarse un décimo del número al que uno es abonado. Siempre. Llueva, truene o haga sol. Y que le den al resto.

Prudencio sintió que su malestar se evaporaba cual aspirina efervescente en piscina de agua. Suponemos que invitó al vecino a un café, o qué menos que carajillo, o ¡qué menos que cubata!, apiadado de su desdicha. Y después, se volvió a su casa retozando por las esquinas, y corrió las cortinas del salón, dejando entrever el mundo, la calle, la administración de lotería de en frente y la luz en su vida, de nuevo. Quizá sintió que los kilos que había cogido en Nochebuena desaparecían a la vez que su tristeza, de su estómago. Recordó que, en esta vida, como bien me dijo mi madre una vez, no hay que compadecerse de uno mismo: siempre hay alguien que está mejor y también alguien que está peor que tú.

Vaya desde aquí nuestro apoyo y más sincero abrazo virtual, generoso amigo abonado al número premiado de El Gordo que nunca ganaste y, si lees estas líneas, te deseamos toda la salud del mundo y que te abones a otro número porque, estadísticamente, coleguilla… éste no se va a repetir en mucho tiempo… ¿o sí? 😉

* Basado en hechos reales, como cabía suponer.

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Una respuesta a El décimo acertado de El Gordo que nunca ganó

  1. Carmen Valencia dijo:

    Jajaja, mal de muchos,… Disminuye el tuyo!!

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