Otro domingo singular en el Rastro

 Mi padre y el Rastro son uno, cada domingo. No concibo al Rastro sin mi padre (creo que se pueden contar con los dedos de una mano las veces en las que he ido sin él), y no concibo a mi padre sin su Rastro de los domingos. Ya no es gusto, es devoción. Cual hincha fervoroso del equipo de fútbol del barrio, como un feligrés más del rito religioso más sagrado, ya os he contado que no falta a su cita de los domingos con la Puerta de Toledo, antes de ir a (la otra) misa. Y yo me dejo envolver por su estela encantada, cuando se tercia la ocasión, y respiro con él el embrujo de lo antiguo, y de todos los cachivaches que me va señalando, con el tan extenso conocimiento que tiene de objetos de diverso rango: desde los más bastos aperos agrícolas a los más enrevesados instrumentos científicos. Todos los entiende, todos los sabría usar. Y por eso es por lo que mi padre es maravilloso: porque, hijo de molinero, podría bien sentarse a la mesa de un marqués y, como diría mi querido José Luis Cuerda, “hablar de Dostoievski”.

Hoy toca pasar a ver a las que mi padre llama “mis amigas de las pilas”. Y, en verdad, son sus amigas de las pilas. Creo que es increíble porque habré venido con él mil veces, pero siempre hay alguien nuevo a quien conocer, y él sabe perfectamente dónde está el vendedor que necesitamos en cada momento. “Habrá que decir que eres mi hija, no se piensen que tengo un rollo con una jovenzuela”, me aclara, con tono de pillo.

Pasear con mi padre implica saludar a muchas personas por el camino. Por ejemplo a José Luis, el cuñado de Orellana, el de la tienda de material antiguo de oficina. O a los vendedores con los que, normalmente, intercambia unas palabras, un “buenos días”, un “¿cuánto quieres por ese libro?” (un libracho antiguo sobre matemáticas, que además está en francés. Cosas que uno se lee todos los días antes de poner el orinal bajo la cama, obviamente). Seguramente estará Eva, la librera del Elefante del Rastro, esa mujer tan dicharachera que te recibe con una sonrisa, frente a su puestecillo de libros. Aquel día llevaba el cabello de color rosa, si no recuerdo mal. “Ese pelo de hippy que me llevas hay que airearlo, ¿eh?”, me dice al despedirse. “Unas mechas o algo, ¿no? Colorcito… ¡A lo Nina Hagen!”. Sí, lo sé, me parezco más a la Joan Baez de aquellos tiempos del folk, qué le vamos a hacer…

En la plaza del Campillo, junto al puesto de Mary, solemos encontrarnos con Miguel, quien fue compañero de mi padre en el Colegio Mayor. Miguel ha coleccionado enciclopedias y, cuando había conseguido unas cuatrocientas, pensó que ya tenía suficientes y ahora colecciona misales. El diálogo casi siempre es el mismo: “¡Qué! ¿a ver si saciamos nuestros impulsos irrefrenables? No puedo imaginar cómo has podido vivir hasta ahora sin esas tablas de logaritmos” (o sin ese misal, si es mi padre el que lo inicia).

Y, como siempre, nos separamos en dicha plaza, donde sigue oliendo a cómic y a cromo, y donde una voz nos recuerda que: “Aquí, discutir es gratis”. Me la apunto.

Un violinista sonríe mientras nos hace felices a los que cabalgamos entre puesto y puesto, al ritmo que marca su arco decadente. Lo escucho a lo lejos, pero su sonido se desvanece, dando paso al de la organillera que siempre está en la esquina: esa señora anciana con pañuelo en la cabeza, vestida de oscuro. Hay unos niños dándole la vuelta a la manivela, revoloteando a su alrededor más bien, recordándonos que Madrid es castizo todavía, en algunos momentos. Y que no decaiga. Pero he doblado la esquina y esto ya no importa tampoco, porque me impregna el mítico “Entre dos Aguas” del Paco de Lucía que tanto echamos de menos, en la Ribera de Curtidores. Esta vez sí es él, no me lo han cambiado por otra melodía, ni siquiera fugazmente.

Ya no está el puesto que vendía pins. No me lo puedo creer. ¡No está el puesto que vendía pins! Los pins de grupos de rock, de personajes de historias, insignias de toda índole. Ha muerto algo de mi adolescencia. ¡Ya no está el puesto que vendía pins! Ni siquiera sé si la gente se sigue poniendo pins, y esto es lo que más me preocupa… ¿Cuántos años tengo?

Vislumbro otra cosa más: venden camisetas del St. Pauli. Yo tengo una sudadera pero por un motivo: viví en Hamburgo. Y sé lo que es el St. Pauli. Estoy segura de que madrileños y guiris de diversa procedencia se han comprado camisetas de este querido equipo de fútbol sin saber qué es eso de St. Pauli. Sólo porque se visten con las tibias y la calavera sobre negro. Me resulta tan curioso que se venda esto en Madrid, en El Rastro… me hace gracia y, a la vez, me da lástima, pues no quisiera que se convirtiera en moda absurda lo que tiene un sentimiento de fans incondicionales en general, y que, a su vez, es tan especial para mí. Sólo porque el símbolo “mola”.

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Foto de Mandarinaparlante

He pescado una pulsera. Y con ella me voy a recoger a mi padre a la tienda de su amigo Orellana, como siempre. Y desaparecemos de La Latina sin que nadie nos eche de menos, pues todo se sigue llenando de ganado humano, como si no hubiera hecho falta nuestra visita. Al igual que llegamos, nos vamos, como cualquier otro domingo de Rastro desde que tengo uso de razón. Solamente que, para cerrar el periplo, mi padre me enseña una foto que ha hecho y que demuestra que Madrid sigue a la cabeza de Europa y que nuestro humor no se deja cautivar por estúpidas consignas extranjeras: La Bicha, un bar del enigmático barrio del Rastro, promociona en su pizarra de la calle un tremendo “Japi Agüer” de 15:52 a 19:04. Allí os quiero ver a todos. Que nadie se lo pierda.

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3 respuestas a Otro domingo singular en el Rastro

  1. Mercedes dijo:

    Precioso el artículo! maravillosamente escrito !!que bonito lo que cuentas de tu padre un brillante ingeniero aeronáutico …..un sabio
    Un abrazo

    Mercedes compañera de tu padre y amiga de los dos

    • Gracias por leerme, Mercedes, me imagino que mi padre os envía estas cosas, jeje, ya lo conoces, y bueno, lo mismo dice él siempre de ti… 🙂 Un abrazo grande y ya ves, si quieres un guía del Rastro, ya sabes quién te lo va a enseñar mejor que nadie.

      • Mercedes dijo:

        Me has dado una buena idea ! Solo he ido una vez al rastro cuando era joven! Me alegro mucho de comunicarme contigo lo he intentado otras veces pero esto del internet no es lo mío y no tuve éxito
        Un fuerte abrazo tienes unos padres maravillosos que te adoran …. Por algo será 😊😊😊

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