Al piano del Galileo

Foto de Mandarinaparlante

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Ya había preguntado antes si podía. “Hay que preguntarle a la directora, yo no te puedo dar permiso”, le habían contestado varias veces.

Sábado tras sábado, ella veía aquel piano de cola en el salón de actos que se llenaba de alegrías infantiles al proyectar películas animadas. Tapado, estaba siempre tapado, como un fantasma, con sábana negra. Las miradas no iban dirigidas a él, sino un poco más arriba: a la pantalla que presidía aquellos eventos; la portadora de las historias del día.

Todas las miradas menos una: la de ella. Recelosa y dubitativa pero, a su vez, melancólica y anhelante, de alguna manera. No es que no tuviera ya un piano en casa; lo tenía. Uno de pared, muy mono él. Pero no se había atrevido a tocarlo en los últimos meses. El miedo a los estragos del tiempo. Habiendo vivido en el extranjero, sin posibilidad de acariciar nada que se pareciera al retoño de Cristofori, la vuelta a casa acarreaba consecuencias: ya no era capaz de tocar tan bien como antes. Varios meses bastaban para que sus ágiles dedos le parecieran macarrones almidonados. Poco tiempo para perder la destreza conseguida, mediante la tenacidad, durante años. No quería aceptarlo, sabía que requeriría un gran esfuerzo volver a donde había puesto su propio listón y, por ende, no tocaba en absoluto, temerosa de la realidad. Pero aquel piano camuflado con las sombras del salón de actos la llamaba y ella deseaba liberarlo de su telón. No le era indiferente.

Aquél no era un sábado cualquiera. Era el último que ella iba a proyectar una película de dibujos, antes de las vacaciones de verano. Presentó la película, como de costumbre y, a su fin, se despidió de su pequeño público. Mientras las familias abandonaban el lugar, ella apagó el proyector y el resto de aparatos. La bedel entró en la cabina para despedirse y, cuando volvía a salir, paró al oír estas palabras:

– ¿Puedo? Es el último día.
Se encontró con unos ojos brillantes que le señalaban el piano, y pensó durante un instante.
– Pero cierra la puerta – fue su respuesta final, a la vez que se daba la vuelta y marchaba, con una leve sonrisa.

La sala estaba en penumbra, solamente iluminada por los tenues haces de luz que entraban a través de unas persianas mal cerradas. Ella se acercó al piano y, con un movimiento lento, lo despojó de aquella pesada vestidura, como quien quita una cadena a un esclavo. Levantó la tapa y se sentó en el taburete, mirando fijamente el teclado, apoyando las manos sobre sus rodillas. No sabía qué tocar.

Tras unos segundos de silencio, sus dedos se aproximaron a las teclas y empezaron a trazar algo en aquel papel en blanco que era su ser. Un recuerdo que jamás había sido olvidado. Comenzó a darle forma y a destapar una melodía en la que no le era posible fallar, pues formaba parte de ella.

En silencio, mientras tanto, alguien entró en la sala, casi de puntillas. Ella se dio cuenta, pero no paró de tocar. Aquella persona empezó a subir las persianas, poco a poco, e intentando no hacer ruido, dejando a la claridad formar parte de aquel momento, lentamente. De ventana en ventana, mientras aquella melodía fluía de nuevo, después de tanto tiempo encerrada en su cabeza.

Al final, ella estaba iluminada no sólo por fuera sino por dentro. El último acorde lo dio muy largo. Tan largo le pareció como el tiempo que había pasado desde la última vez que lo tocó. Hasta que las cuerdas no emitieron más sonido alguno. Y, sólo entonces, se dio la vuelta para encontrarse con los ojos de aquella extraña, que la contemplaba.

– ¡Es precioso, chica! ¿Quién es el autor?

De ella. Era de ella. Lo único que recordaba de memoria, claramente. Eso contestó: “La hice yo”, mientras una enorme sonrisa se dibujaba en su cara, a la par que los cumplidos de aquella señora de la limpieza le llegaban como de lejos, pues sólo tenía espacio para un pensamiento. No siguió tocando. El sonido del piano de cola había sido excelente, pero supo que tenía que volver a taparlo y salir corriendo para ir a casa, ya que allí la esperaba no sólo su piano de pared, con sus teclas roídas desde que lo compró de segunda mano, sino que también la esperaba ella misma.

Se pasó toda la tarde tocando, feliz, desempolvando partituras y reencontrándose con viejas obras que tantos ratos buenos o difíciles le dieron en su día. Pero ya iba siendo hora de volverse a ver. Aceptó el reto y se propuso nunca más tener que vérselas consigo misma en aquella tesitura. Había vuelto a su primer instrumento.

El sentimiento de aquel día lo guardó en su corazón. No sabía que iba a estar cinco años sin poseer un piano de nuevo, emigrada en Alemania. Pero, después de tanto tiempo, llegó la hora de aceptar que allí era donde vivía y que en esa casa se necesitaba un piano, de una vez. Además, esas cuerdas golpeadas, y su sonido nativo, tal y como fueron concebidas, no podían ser sustituidas por ninguna corriente eléctrica. Así que, finalmente, en su casa lo encontraréis, negro, brillante y majestuoso, con el que retomar viejas amistades musicales y encaminarse a otras nuevas, desafiantes. La música nunca la había abandonado, sólo le faltaba su primer instrumento, una vez más. No el único, pero sí el primero: el que más tiempo ha formado parte de su vida, el que mejor sabe hacer contar historias, gritar o llorar, el que es capaz de hacer sonar con los ojos cerrados y la mente en Babia, y cuya presencia le produce un respeto máximo. El que nunca puede permitirse olvidar. Lo tengo al lado mientras escribo estas líneas.

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2 respuestas a Al piano del Galileo

  1. TACET dijo:

    Me alegro mucho Bea 🙂

  2. Jacinta dijo:

    Preciosa historia ,que disfrutes tu piano, un abrazo

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