Sobre el poder y mis jefas de treinta años

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Soy el azote de tu hija”, le dijo a mi madre, cuando se la presenté. De broma. Como si lo fuera. Era verdad de la buena. Verdad verdadera.

He leído por ahí que el poder no corrompe: desenmascara. Y me recuerdo a mí misma como una mini yo de veintipocos años, llena de ilusión por aprender, en uno de mis primeros trabajos. Mi azote tenía treinta años, más o menos. Yo, con mi camiseta de NOFX, ella con sus camisas bien planchadas. No me dejó volver con ella puesta, pues no era apta para la oficina. No fue mala, para ser una jefa. Pero tampoco fue buena. El poder es lo que tiene.

Fueron unos pocos meses intensos, cuyo contrato tenía fecha de caducidad, en los que invertí innumerables horas extra en aquella oficina, pasando todo mi tiempo (incluida la hora de comer) con dicha persona. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero la recuerdo con cierto cariño, pues aprendí mucho en aquel período. No tanto profesionalmente como, digamos, antropológicamente. Fue de estos trabajos para los que no se necesita estudiar, pero que te valen como experiencia en el curriculum. Y tenía que atender el teléfono, entre otras muchas cosas.

poder0258“Irreverente”, me dijo que era. “Descarada”, también salió de su boca. Prácticamente me tachó de maleducada porque, a veces, mis conversaciones telefónicas no eran lo suficientemente armónicas, como las hacía ella. Ni siquiera cambiaba el tono de voz, endulzándolo con aspartame, ni llamaba “cariño” ni “guapo” a mis compañeros de trabajo (todos desconocidos para mí), a diferencia de ella. Pero es que a mí nunca me han ido las falsedades. Aunque sí, lo pillé, eso de tratar a completos extraños con amabilidad extrema (y a veces cinismo) en el ambiente laboral. Trató de “educarme” en esa manera, pero no de la forma adecuada. Aunque cuando la carga de trabajo fue menor, se reconvirtió en alguien bastante apacible, mucho más simpática, por eso digo que no la detesto. También aprendí cosas de la vida, mientras escuchaba las conversaciones entre ella, que se las daba de intelectual, y mi otra (muy querida) compañera, de su edad, mientras comíamos. Las veía tan adultas y experimentadas… ya casi unas señoras, con 31 años. Sabían mucho. Habían vivido más que yo. Y me dieron muchos consejos muy válidos, que agradezco.

Pero, ¡ay!, el poder. Ese amigo que tantas personas buscan y que, para muchos, resulta peligroso encontrar. Aquella chica consideró, en su día, que estaba por encima de mí: Jerárquicamente, sí, lo estaba. Pero sólo ahí. Lo malo es que, cuando una tiene veintipocos años, tiene miedo de enfrentarse. Le asusta tener problemas en una empresa en la que es nueva, porque piensa que la van a echar y que eso trascenderá al mundo, quedará a malas, qué sé yo, ¡es arruinarse el porvenir! Y aguanta que su “azote” la califique de esto o lo otro, o se crea por encima de su persona, porque cree que así es el mundo laboral. Queridos niños, las cosas no debieran ser así. Y, tristemente, lo son.

becarios-2Ella no fue la peor que tuve: por aquella época, hubo otra (y ésta sí que puedo decir que fue mala) cuya tiranía no tuvo límites. Llegó hasta el punto de no importarle nuestra seguridad física y, si era necesario, podríamos reventar, todo por rodar un cortometraje en el que, por supuesto, no se nos remuneraba. Rozaba el esclavismo. Y, sin embargo, los pobres jovencitos pensábamos que era necesario pasar por ello para poder llegar a algo. Por rellenar una línea más en nuestro vacío CV. La última vez que colaboré con aquel cúmulo de despropósitos con patas, después de días cargando y descargando como una mula, se pasó de la raya al pedir cosas. Y, llorando, le contesté que ya no iba a hacer más. Que lo hiciera con los cuernos. Que ni estaba aprendiendo, ni me estaban pagando, así que mis servicios habían terminado. Me tumbé en una cama del hotel con un perro negro que me seguía (sí, todo muy dramático), hasta que se me pasó el disgusto, y no se habló más. Fue mi última incursión en el mundo del cine. Gracias a personas como ella, con extremo (y excesivo) poder sobre otros, la ilusión dio paso a la indignación, y decidí que no merecía la pena tragar tanta mierda. Y a tantos mierdas.

Sé que cosas como éstas pasan en todas las empresas. O en muchas. Siempre habrá alguien poderoso (no hay nada más peligroso que dar poder a quien no sabe usarlo) y que se cree con derecho a chillar o a despreciar a los que tiene por debajo. Y también habrá quienes lo sufren en silencio, por miedo a que les despidan.

Ser jefe no le convierte a uno en mejor persona. En resumidas cuentas, es lo que somos: personas. No da derecho a jugar con las vidas de otros, ni siquiera deberían asustarnos, pues la jerarquía no otorga una obediencia real, sino simulada, y simplemente debería significar un aumento de responsabilidades en la pirámide laboral. Si el trabajo de uno depende de los que tiene por debajo, ¿no sería más correcto crear un equipo en el que sus integrantes trabajen a gusto? ¿Un equipo en sí mismo?

Ahora tengo yo 31 años. No he vuelto al mundo del cine, ni creo que vaya a hacerlo (la influencia de dicha señora sigue presente en mi organismo). Casualmente, a estas alturas lidero un mini equipo, en un trabajo que me encanta (y que no se aleja mucho del cine). No es la primera vez, aunque realmente no es lo que más me interesa, eso de mandar. Mis años de monitora de tiempo libre me han librado, valga la redundancia, del miedo al ridículo o a hablar en público. Y mi edad, de aguantar estupideces, callada. Cuando echo la vista atrás, y pienso en mis jefas de treinta y algo de aquel entonces, no puedo llegar a entender cómo se les podía pasar por la cabeza hacer sentir mal a una chavala de veintipocos, sólo por tener un contrato que dijera “cacaculopedopis”. El hacer trabajos “menos importantes” no quiere decir que el encargado de los mismos deba ser tratado con menos respeto. Me veo hoy y pienso que quizá no sabían tanto como yo creía sobre la vida, y que ellas a mi edad eran muy diferentes a lo que soy yo ahora.

porlaquiMi compañera de veintitantos, mi equipo, es muy importante para mí y para mi trabajo. Se merece el mismo respeto que cualquier otro trabajador. Lucho por nosotras, como uno, pues ya tuve un modelo de cómo no me gustó que me tratasen. Lo podré hacer mejor o peor, pero lo que sí que sé es que una cosa es llevar el timón del barco y otra, muy distinta, hacer pasar a los grumetes por la quilla, día sí y día también, gratuitamente.

A día de hoy, sigo trabajando con la camiseta de NOFX y otras similares. La de las camisas es la que me reporta a mí. No sé si se las plancha, pero me gustan. Me pregunto qué habrá sido de mis jefas. Espero que estén bien y que, con los años, se hayan dado cuenta de que siempre hay un turno para todos, y que uno recoge lo que siembra: Decía mi abuelo que el que de joven come gallinas de viejo caga las plumas.

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