El reconocimiento como necesidad humana. Conversaciones en un cementerio.

Cementerio Stoffeln. Foto de Beatriz Huélamo

Cementerio Stoffeln de Düsseldorf.
Foto de Mandarinaparlante

Durmiendo estaban. Durmiendo para siempre. Waldtraut, Waldemar, Clodomir y Melita. También había algunos Hans, Willi y Julia, obviamente. En Alemania, uno pasea y de pronto se encuentra con estas cosas, como surgiendo de la nada, de detrás de un simple árbol. Un inocente paseo por el parque Volksgarten de Düsseldorf terminó dando con nosotros en el cementerio Stoffeln. El concepto de camposanto alemán es diferente del español. El alemán lo entiende como un lugar agradable, por donde se puede pasear; donde, si no fuera por las lápidas, a veces prominentes, uno estaría disfrutando de un agradable y bucólico recorrido aderezado con flores, setos, árboles y sarcófagos (éstos, emergiendo como un elemento natural más). No es como en España, donde normalmente la necrópolis se encuentra encerrada por un cerco de ladrillo, y sus filas de sepulturas producen un sentimiento macabro. Esos nichos, apretujados unos contra otros, representando un conglomerado de muerte agobiante, transmiten una sensación de hacinamiento, de concentración insana, de un amontonamiento que grita que ni siquiera en el otro mundo hay espacio para uno. De anonimato.

En Alemania, no: los túmulos están en plena libertad. Sus muertos tienen el alma libre. De hecho, en el Stoffeln no suele haber sino epitafios verticales, no lápidas horizontales cubriendo el cadáver: hay tierra sobre el ataúd, y de ella crecen plantas y flores. Es como si, evitando encerrar a los muertos bajo una pesada losa, los fuegos fatuos hubieran actuado como varita mágica y, de aquellas almas que un día tuvieron envolturas corpóreas, pudiera aún surgir vida, permaneciendo en este planeta nuestro. En ocasiones, uno descubre una tumba pequeña custodiada por juguetes, donde los enanos de jardín velan por que el espíritu de aquel pequeño no se aburra ni tenga miedo en su viaje al otro mundo. Escalofriante a la par que tierno.

Éste era mi escenario, mientras conversaba con un buen amigo sobre temas varios, una vez pasada la parcela de infinitas lápidas blancas del cementerio de honor holandés, resultado del tan “fausto” motivo de una terrible Guerra Mundial. Hablábamos de todo un poco, a veces fijándonos en alguna tumba curiosa o un nombre tan poco común para mí como los citados al inicio de este post.

Yo en el cementerio de Ohlsdorf, Hamburgo. Foto de Beatriz Huélamo

Yo en el cementerio de Ohlsdorf, Hamburgo.
Foto de Mandarinaparlante

En uno de nuestros cambios de tema, me apeteció contarle que había tenido una reunión importante en el trabajo, con un superior mío, en la que me había ido muy bien. Me había dicho que estaban muy contentos conmigo, satisfechos de mi labor. Y, a la vez que iba contando esto, podía ver la paulatina cara de disgusto de mi querido amigo. En cuanto acabé, meneó la cabeza y, casi con cara de asco, me replicó: “Lo siento, pero no puedo alegrarme por ti. ¿Por qué debería? Y ¿por qué deberías tú? No sé para qué necesitas que te den una palmadita en la espalda y te digan que lo has hecho bien. En el fondo, sí, quiere decir que estás integrada en esa empresa, que tu trabajo les beneficia y que ellos ganan dinero; igual hasta te suben el sueldo, pero ¿y qué? ¿Qué te importa lo que piense ese tío?”.
Me quedé sin saber muy bien qué decir. Tampoco había muchos oídos allí para dar crédito a lo que acababa de pronunciarse. Pero tampoco puedo decir que fui la única que se quedó helada entonces. A mi amigo, en general, no le gustan ni jefes ni autoridades.

Cementerio Ohlsdorf de Hamburgo. Foto de Beatriz Huélamo

Cementerio Ohlsdorf de Hamburgo.
Foto de Mandarinaparlante

Mi contestación a esta sentencia fue que en realidad no estaba contenta por la palmadita en la espalda, pero que uno pasa ocho horas al día en el trabajo, y más le vale ir motivado allí todos los días, sabiendo que lo que hace se valora. Es como si un director de cine hace una película que no le gusta a nadie. Realmente no necesita que le digan lo buena que es, porque él mismo así lo cree ya, pero ¿no disfrutará más sabiendo que ha logrado llegar a un público, a alguien más que a sí mismo? ¿Es algo malo sentirse orgulloso de tu trabajo, aunque haya servido para beneficiar a una empresa (y, por ende, a un sistema) que se hace cada vez más rica y a ti te mantiene porque le convienes? Do ut des, digo yo. ¿No?

Al llegar a casa, me puse a pensar sobre este sistema de jerarquías, donde quien me da de comer no es mejor que yo como persona, pero tiene el poder de ponerme de patitas en la calle. Quien tiene la sartén por el mango no tiene los mismos gustos que yo y, sin embargo, ha reconocido mi trabajo.

Pirámide de Maslow. Fuente: Wikipedia.

Pirámide de Maslow. Fuente: Wikipedia.

Y aquí es donde me encuentro con la pirámide de necesidades de Maslow. Este señor decía que el Hombre necesita, primero, cubrir sus necesidades básicas (fisiológicas), luego vienen las de seguridad (sentirse protegido, tener un techo…), a las que le siguen las necesidades sociales (tener amistades, un grupo y una aceptación social), las de estima (y aquí voy: el respeto a uno mismo y de las demás personas: “la necesidad de atención, aprecio, reconocimiento, reputación, estatus, dignidad, fama, gloria, e incluso dominio”-copio de la Wikipedia).  En la cima de la pirámide se encuentra la autorrealización, que es lo más alto a lo que puede aspirar un ser humano, y se consigue cuando todas las necesidades están cubiertas, al menos hasta cierto punto. Así somos los humanos, que cuanto más tenemos, más elevadas son también nuestras necesidades. ¿Tontos, avariciosos o, simplemente, más completos?

Vayamos al concepto de autoestima y de reconocimiento. La autoestima es un pilar fundamental para hacernos avanzar. Creer en uno mismo es extremamente importante para alcanzar el éxito o lo que uno ha soñado sobre sí mismo. Incluso para aceptar su propia existencia y soportarse día a día. Una autoestima baja apunta al fracaso. Pero, ¿y el reconocimiento de los demás? ¿Es necesario o nos basta con tener una autoestima alta? ¿Qué diferencia el reconocimiento de la vanidad de uno mismo? ¿Es más grande quien no necesita el reconocimiento de otros porque eso demuestra que se basta a sí mismo, o eso lo convierte en alguien sin la necesidad de estima y, por lo tanto, fuera de la “normalidad social”? ¿Sirve el reconocimiento sólo para alimentar nuestro ego y lo que deberíamos hacer sería desdeñar la opinión de los demás? ¿Es eso lo que significa creer en sí mismo, bastarse a sí mismo y lo contrario es falta de seguridad? ¿Es más tonto el que necesita reconocimiento? ¿Qué pasa cuando hacemos las cosas esperando un reconocimiento y eso las convierte en carentes de intención real? ¿Por qué esperamos que los demás vean en nuestras acciones lo que nosotros mismos vemos porque, de lo contrario, nos sentimos solos y ellas no valen nada? ¿Necesitamos sentirnos parte de algo, de una sociedad que nos ha impuesto su cultura y no podemos decidir por nuestro propio criterio si ello no está bien visto por los demás?

Cementerio Ohlsdorf de Hamburgo.  Foto de Beatriz Huélamo

Cementerio Ohlsdorf de Hamburgo.
Foto de Mandarinaparlante

Son muchas preguntas, que me he hecho a mí misma, y recomiendo leerlas con calma. Yo no tengo una fórmula de cómo debe ser el individuo perfecto, superior, autorrealizado. Sólo sé que, después de mucho reflexionar, he llegado a la conclusión de que no necesito que alguien me diga lo bien que hago las cosas si sé que las he hecho bien, pero también sé que me gusta tener la certeza de que mi trabajo está valorado por los demás. Llámenme egocéntrica, socialmente acomodada o insegura, pero, a pesar de no querer ser una humana convencional, aún creo que es cierto que una persona necesita la estima del resto. No porque tenga que realizar sus actos pensando en si van a gustar o no, porque ello le robaría autenticidad, sino porque lo contrario, el prescindir de cualquier opinión externa, la convertiría en alguien, o bien prepotente, o bien socialmente inadaptado. Si una persona cree tanto en sí misma que le sobra toda opinión externa, ¿no la convierte en equivocada? Me ciño al Cordobés, que decía “quererte a ti mismo, quererte a ti mucho. Y todo sale, de verdad, de deporte”. Bravo, Maestro. Quiéranse a sí mismos y crean en su criterio, pero también escuchen el del resto, porque pueden hacerles sentir integrados en un mundo llenísimo de otras personas que también necesitan validar sus criterios. O hacerles sentir equivocados, con posibilidades de mejora. Alguien que ya se cree perfecto no puede mejorar. Alguien que no necesita de las palabras de los demás para nada es un ermitaño dentro de sí. Pero alguien que sólo con la estima de los demás consigue construirse su autoestima es una persona débil, pusilánime, que necesita un empujón para poder creer en sí mismo. Tenemos que luchar para no depender de las opiniones de los demás para validarnos a nosotros mismos. Eso creo, también.
Así que mi veredicto fue que, aun así, me sentí orgullosa de que otros individuos reconociesen mi trabajo. He dicho.

Melita y Waldemar, mis testigos de la tarde, seguían dormidos para cuando yo me acordé de ellos. No pudieron ni apoyarme en mi conclusión ni desecharla. Y yo me fui a dormir también, para despertarme al día siguiente e ir a mi trabajo todavía motivada. Aunque sea hacia dentro de esa jaula laboral que no tiene sentido, en la que corremos como ratas en una rueda, pero a donde más nos vale entrar cada mañana adaptados a su ritmo, si no queremos que nuestras piernas se nos cansen por segundos, hasta desgastarse del todo y rodar sin sentido, golpeando nuestros frágiles cuerpos contra el metal, chocando con él arriba y abajo, desmotivados por completo…

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3 respuestas a El reconocimiento como necesidad humana. Conversaciones en un cementerio.

  1. Aníbal dijo:

    Es importante el tema de creer en uno mismo y consentirse. Es más no darle ese poder a nadie para que mi felicidad dependa de su opinion. Mas es bastante estrategico saber venderse y proyectar lo que se quiere.

  2. YERLY RICO dijo:

    no me gusto es la ultima parte de el conocimiento…mas es bastante extrategico saber VENDERCE Y PROYECTAR LO QUE SE QUIERE.

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