El último sereno de Madrid

Manolo el sereno

Foto de Mandarinaparlante

Esto lo escribí al escuchar la segunda oleada de rumores de que Manolo, el sereno de mi barrio, había muerto. Esta vez sí que creí que era cierto, pero me han llegado noticias de que lo han visto hace 20 días así que, o ha resucitado, o es que estas cosas se heredan: mi tío Paco escribió el pésame por la muerte de su amigo a su familia y recibió una carta del supuesto fiambre agradeciendo sus palabras. No era un fax desde el banquete de Odín, sino que estaba vivito y coleando. De todas maneras, no voy a borrarlo, por si acaso él lo puede leer en vida y saber lo que pensamos sobre él. Aquí va:

Era muy pequeño de estatura pero, en mi barrio, era un grande. Manolo Amago se llamaba, y era un emblema mítico, porque le creemos el último sereno de Madrid. Sereno de profesión, se entiende. En los años 70 se acabó con esta figura, ofreciendo a los serenos la posibilidad de convertirse en cobradores de autobús, taquilleros de metro, etc.,  pero él no se dejó quitar el chuzo, instrumento que blandía desde 1956. Siguió con su uniforme de gorra y bata grises, defendiendo durante todas las noches las callejuelas que van desde Francisco Silvela a la plaza de toros de Ventas: su territorio.

Le recuerdo desde que era muy pequeña: aquel sonido del madero golpeando contra el suelo que se iba acercando se convertía en un alegre “hola, bonita” que dejaba claro su acento asturianín. A mí me fascinaba su inmenso manojo de llaves, ya que me parecía asombroso que pudiera acceder a cualquier portal del barrio. De hecho, siempre se ofrecía a abrirnos la puerta, y yo inquiría a mis padres con la mirada si estaba bien que aquel señor pudiera entrar en nuestra casa, pero mis padres me hicieron comprender que Manolo era mucho Manolo.

Una noche de verano, siendo yo pequeña, nos sacó de nuestro sueño su voz, que retaba a no sé quién a que saliese de donde estaba. Al asomarnos, allí lo teníamos, de espaldas a nosotros, retaco como era (pero con mala leche), delante de la puerta del restaurante chino, pistola en mano. Mi padre le preguntó a voces si llamaba a la policía y él respondió que sí, sin moverse de donde estaba. Los atracadores fueron pillados in fraganti, ya que Manolo no se había achantado lo más mínimo.

No me sé muchas de sus hazañas pero sí que sé, porque me lo contó él un día, que alguna vez impidió una violación. Por ello y por ser él, tiene una placa conmemorativa en el barrio, como agradecimiento a sus servicios.

Nuestro héroe se iba haciendo cada vez más viejo y su estatura iba mermando, increíblemente, por momentos, pero no así su espíritu leal y servicial, y nuestro cariño por él crecía, al verle un poco como un duendecillo entrañable y lleno de historia.

Mis amigos y yo solíamos estar mucho en el parque como buenos jovenzuelos ociosos, y él era el encargado de echarnos cuando iba a cerrarlo. Venía con su silbato a avisar de que teníamos que salir y, paciente cuando le pedíamos un rato más,  a veces nos quería dar algunas perrillas para comprarnos chucherías o cervezas, lo que cayera. No solíamos cogerlas porque sabíamos perfectamente que a él no le sobraban. De hecho, venía a pedir el aguinaldo piso por piso, todos los años.

En una de éstas, recuerdo una vez que le presenté a un amigo alemán y contestó: “uy, alemán… como Hitler”, sin ninguna malicia, eso sí. Menos mal que mi acompañante no lo entendió…

Pero el día más importante, que provocó que desde entonces me tuviera un cariño especial, fue uno en el que yo salía de la celebración de una boda, de noche. Nos encontramos a Manolo sangrando por una ceja. Rápidamente le preguntamos qué había pasado, y contestó que unos chavales marroquíes (supongo que del tipo de los que solían esnifar pegamento y esas historias) le habían pegado cuando llegó diciendo que tenía que cerrar el parque. Le dije, indignada, que se viniera a mi casa para que le curase la herida, y dijo que no, gracias, que quería que la policía le viese en el estado en que le habían dejado. Me besó las manos y allí lo dejamos, con el corazón partido y avergonzados de que alguien osase pegar a un octogenario, y más si se llamaba Manolo Amago. Inaceptable.

Pero en fin, parece ser que aquel ofrecimiento mío le llegó al corazón hasta que la muerte nos separase y, desde entonces, yo ya no sólo era la niña más bonita del barrio (que era lo que me decía de pequeña –supongo que como a todas las niñas), sino que era el sol, y siempre que me veía me recordaba, agradecido, aquel día y me besaba las manos efusivamente. O me pedía un par de besos. A veces me veía con un algún amigo y le decía que me cuidase bien, o me preguntaba que qué hacía con aquel malandrín, en plan de broma. Nos conocía Manolo, y todos lo queríamos. Se lo había ganado a pulso, y además causaba sensación entre los foráneos, ya que cuando se les explicaba quién era, me miraban incrédulos: “¿un sereno, todavía hoy?”. Pues sí…

En los últimos años decidió jubilar el chuzo, y se le podía ver arrastrando los pies, pero aún haciendo su ronda habitual. Nadie se explica cómo era posible que no estuviese en casa, tomando sopitas, y al cuidado de una familia que lo adorase. Lejos de eso, el pobre andaba con los zapatos agujereados, dejando asomar un dedo gordo con un calcetín azul marino que pedía a gritos un descanso y un remiendo de cuerpo entero.

Me fui a Alemania y lo volví a ver en este último Año nuevo. Me dejó un poco apesadumbrada su imagen, cansada y descuidada. “Con lo que tú has sido”, pensé, “ahora deberías estar en casa, calentito, y no aquí solo y pasando frío”.

Semanas después hubo un rumor de que había muerto. Un trauma para todos. Pero no era cierto y la realidad era bastante más macabra: era su hijo quien había muerto, de mala manera. Manolo quizá no lo sabía, porque, a su vez, estaba ingresado en el hospital.

Después ya me fue difícil seguir sus noticias, pero ahora sé que también él nos ha dejado, tiempo después de aquel trágico incidente. No sé si la ciudad será consciente de que no sólo ha muerto una persona, sino un mito y una figura profesional que se ha extinguido. Nuestro barrio se queda huérfano.

Con este texto vaya mi homenaje para el pequeño gran Manolo, que supongo que estará disputando a San Pedro las llaves del cielo. Allí podrá hacer su ronda rutinaria por las manzanas que no vemos pero en las que, viva quien viva, sus gentes llegarán tranquilas a casa, pues oirán, a lo lejos, el chuzo de Manolo golpear contra el suelo y sabrán que no están solos en el silencio de la noche: Manolo vela por que lleguen sanos y salvos y tengan dulces sueños.

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23 respuestas a El último sereno de Madrid

  1. Samu dijo:

    Precioso, no conocía el nombre de aquel hombre.

  2. Louis Crandell dijo:

    Te vas mejorando, Beatriz. Desde los aromas del Rastro hasta las historias con h mayúscula. Esas son historias que debieran estar en los libros de texto, para que los niños aprendieran y tuvieran modelos a los que asomarse, como el “gran” Manolo, en lugar de los ejemplos que hoy la televisión o los libros les ofrecen…Belén Esteban, la gran princesa de pueblo, Bush, ese crisol de sabiduría, Sarkozy, ese estadista de altura….

    Gracias por tus letras….

    • Gracias a ti por leerme y escribirme! Yo creo que si estuvieran en los libros de texto ya no se llamarían serenos, fijo que encontraban algún nombre estúpido, algún eufemismo innecesario, y además lo tacharían de figura fascista, por lo que mejor dejarlo correr y alimentar al pueblo con cuentos políticamente correctos y “princesas de barrio” para que el pueblo esté entretenido (perdona, es que con lo del silencio mediático sobre las manifestaciones de ayer estoy un poco encendida). Un abrazo

  3. snake dijo:

    Es un homenaje precioso, Bea. Me ha emocionado un montón!

    Un beso!

  4. kabalcanty dijo:

    En efecto, yo también conocí a un gran Manolo; sin duda es la edad la que nos conduce a recordarlos. Su semejanza, la de mi Manolo que se llamaba Atanasio, con el actor Robert Newton (“La isla del tesoro”, 1950) era más que notable; su cojera, sus cejas alborotadas y sus mofletes sonrosados surcan todavía las noches por la calle Fomento, mi calle de la infancia. Me turba gratamente codearme con su espectro, inconfundible por su olor a vino agrio, y espero las noches veraniegas para escuchar la percusión de su chuzo, tras dar unas palmadas al aire y responderme lejanamente, casi en lamento, “Vaaaaaaa”. Es estupendo, Beatriz, que no hayamos olvidado a esos enormes manolos, es cojonudo, aunque, personalmente, prefiero que vivan en otra dimensión, que nos hayan dejado solos con su dulce recuerdo, ya que supongo que si hoy vivieran, en estos tiempos vertiginosos, estarían parados o tirados en un banco del parque junto a un cartón de vino. Eran intachablemente libres y noctámbulamente honestos.
    Gracias por “El último sereno de Madrid”, despide romanticismo por los cuatro costados.

    • Pues gracias a ti por tus líneas (y por compartir a tu sereno conmigo), no conocía yo a Robert Newton pero ahora me imagino a tu Atanasio y tienes razón, mejor que no hayan tenido que vérselas en estos tiempos… yo creo que si ahora se restaurase esta profesión, no funcionaría. Ya está todo demasiado corrupto.
      ¿Escribes por casualidad en algún sitio? Creo que merecería la pena leerte a ti también… 🙂

    • Hola Kabalcanty,

      He leído este comentario en este post sobre Manolo y me gustaría saber si podría recoger tus palabras en un artículo que estoy preparando sobre los serenos de Madrid. Busco tanto serenos en vida como testimonios y recuerdos de sus vecinos y amigos, tu comentario me parece muy bonito y ¡me encanta!
      Antes de recoger tus palabras, prefiero pedirte permiso o ver si quieres contarme alguna cosa más sobre Anastasio.

      Para cualquier cosa puedes contactar conmigo en unserenotransitandolaciudad@gmail.com

  5. Jacinta Martín Sánchez dijo:

    Una historia muy hermosa, gracias por compartirla,un abrazo.

  6. Uno de Asturias dijo:

    ¡Que sepais que Manolo está hecho un chaval todavía! 🙂

  7. Borja dijo:

    Hola Beatriz,soy el nieto menor de Manolo y agradezco tus palabras.Ahora lo tenemos con nosotros y esta bien.Si quieres puedes contactar conmigo via mail para poder verle.Un saludo.

  8. Pelayo dijo:

    Pues el de la calle Sagasta 22 se llamaba Tino. y… “raro” pero era asturiano él. Nos quería mucho y nos daba caramelos a los pequeños. Si el coche estaba estropeado (no era raro en invierno) se encargaba de buscarnos y parar un taxi. Serían los años 70. ¡Que gente! ¡lo que se pierde!. Ahora lo veo como a San Pedro con su gran manojo de llaves.

  9. Alberto dijo:

    Hasta cuando estuvo trabajando manolo el sereno?. Tengo una discusión con un amigo, si me puedes mandar una foto o un archivo que lo corrovolore, mejor. Un saludo y muchas gracias.

  10. marga dijo:

    mi padre estuvo muchos años de sereno, y efectivamente eran casi todos asturianos , de cangas de narcea.

  11. Esperanza Menendez dijo:

    Hola Beatriz,, me ha encantado tu relato y tu homenaje a Manolo,, por la ternura con la que has escrito esta historia. Te doy las gracias so solo en nombre de Manolo, sino también de todos los serenos, entre los que se encuentran la mitad de los hombres de mi familia, mi abuelo, mi padre, mis tíos y muchos vecinos míos todos ellos de Asturias y mas concretamente de mi pueblo, Cangas del Narcea de donde al principio eran todos los serenos que había en Madrid, ya que fue el mismísimo Conde Toreno Alcalde de Madrid en aquella época, y que era de Cangas del Narcea el que trajo los serenos a Madrid. Un saludo

    • ¡Gracias a ti por leerlo y escribirme! Que viva Manolo muchos años (le hicieron un homenaje el año pasado) y que vivan los serenos (asturianines, la mayoría, como dices) que tantos adoquines han hecho sonar por las noches. ¡Un saludo!

  12. Hola,

    Te escribo porque tengo un blog de Madrid desde hace dos años y firmo como el sereno. He decidido dedicar un artículo a los serenos de Madrid y en mi búsqueda un seguidor me ha mandado este enlace a tu blog. Me encantaría recoger tu testimonio sobre Manolo, pero quería pedirte permiso antes. En el artículo te mencionaría y enlazaría el texto a tu blog. Me ha parecido un texto muy emotivo y bonito y eso es justo lo que estoy buscando.

    Para cualquier cosa puedes contactar conmigo en unserenotransitandolaciudad@gmail.com

  13. Jose dijo:

    Hace unas semanas pasé por delante de la placa, no me preguntes en qué calle está. Es blanca y bastante pequeña, no sé por qué me llamó la antención y me hizo gracia. Pensé buscar algo sobre Manolo en Internet al volver a casa pero lo dejé pasar. Iba a enviarte una foto de ella en Internet pero parece que nadie la ha subido.

    Hoy accedo a tu blog tras tu comentario en la historia de casualidades en El Mundo sobre la gente que se salvó del accidente de avión a Dusseldorf… y mira por donde tienes una referencia al sereno, y he acabado leyendo sobre él.

    Casualidades… que cosas eh? Será esto lo de la ley de la atracción?

    Si te interesan estos temas, te recomiendo la película “Un cuento chino” del director argentino Sebastián Borensztein, te mondarás con ella. Quién sabe si por casualidad encuentras en ella algo que andabas buscando… 🙂

    Un saludo casual,
    Jose

    • Hola Jose! Pues oye, me alegro de que acabases dando con mi blog, éstos del Mundo me copiaron el post (lo sé porque se lo mandé yo la semana pasada por si querían usarlo y nunca me contestaron. De pronto, ¡paf! un artículo igual. Pero mira, algún lector me habrá traído el comentario jejeje)
      La placa de Manolo la conozco, está en mi barrio, claro. Hablé con él en navidades y está muy bien, solo que ya no apatrulla la ciudad y ahora cuidan de él en vez de él de nosotros. Veré la película que dices, tiene buena pinta el trailer 🙂 Un saludo y gracias!!

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