El Rastro

El Rastro

Foto de Mandarinaparlante

Mira, hija, mira: ése es Ignacio. ¡Tres meses le estuve aguantando el regateo de un Quijote! En casa lo tengo”.
No están puestas ni las calles el domingo por la mañana y ya huele a “objetos”, al inigualable perfume del libro antiguo, a la colonia de imitación, y a los mengajos de cuarta mano que se apilan, revueltos y apestando a naftalina –o a roña.

Vuelvo al Rastro de Madrid. Y me resulta un microcosmos en sí mismo. El paradigma del carácter español, reflejado en un mercadillo.

Desde que tengo uso de razón, mi padre no falta al Rastro ningún domingo que esté en Madrid, con puntualidad británica e itinerario riguroso. Siempre empezamos el recorrido juntos, y me encanta ir con él, aunque voy medio dormida.

Así que lo vivo en dos mundos: el suyo y el mío. El de mi padre es el de las antiguallas. Desde llaves oxidadas de a saber qué puerta a cuadros de Fernando Fernán Gómez o pelis de la Riefenstahl, pasando por tazas de porcelana y muñecas del año catapún. ¿Quién comprará tanta morralla?

Mi padre conoce a todos, y todos le conocen, aunque sea de vista. Siempre busca lo mismo, aunque a menudo le encuentran a él otros hallazgos que le embelesan. Y sabe lo que valen, cosa que el vendedor a veces no sospecha, ya que las herencias son muy malas, y aquellos librotes y chucherías del viejo son carne de cañón para ir a parar con sus guaflex en el adoquín madrileño, subestimados por sus vendedores, pero muy bienvenidos por gente como mi padre.

Aún no ha llegado la marabunta cuando él ya husmea entre chatarras y tesoros. Subimos y bajamos las cuestas, mirando de reojo a patriarcas gitanos, primos y comerciantes, con su inconfundible forma de hablar, su sombrero, su bastón y su cigarrillo maloliente. Se toman muchas confianzas, pero me gustan. Se regatea, y bien. Le compramos a mi madre el encargo de turno y nuestra primera fase fluvial desemboca en el Campillo. ¡Cuántas veces habré ido allí a cambiar cromos! Sonrío, porque ya diviso a ciertos chavales haciendo lo propio. Me propongo acabar la colección de Astérix de una vez y, después de pasar los archiconocidos puestos de carátulas de películas, fotos de actores y cómics varios, dejo a mi padre a su libre albedrío. Él pasará por la plaza del General Vara de Rey, pero no saludará al héroe de Cascorro. Para eso estoy yo.

Me pierdo entre la gente, y sé qué puestos voy a visitar, los recuerdo. Allí huele a marroquinería, inciensos y resaca. Una gitana vende bragas muy baratas, pero yo me estoy quitando: me abalanzo a por calcetines nomás. Alguna argentina me llama “cariño” mientras indago entre los miles de pantalones hippiolos que pretendo comprarme, y que luego no me llevo. Ése es mi otro Rastro: el de los accesorios y la ropa chula, de colores. El moderno y menos encantador.

Entre dos aguas” de Paco de Lucía siempre está sonando, una y otra vez, según se sube y baja la Ribera de Curtidores. Esa guitarra española me rasga el corazón y me hace enamorarme del griterío, la sonrisa y el desparpajo de mis paisanos. Me atrapa y me lleva en volandas hacia Cascorro, mientras intento imaginarme que no hay tanta gente como creo que hay. Alguien se ha encargado de que crea estar en un cuento, pues está liberando al cielo pompas de jabón que se me posan en el pelo, que atrapo con las manos, que pasan entre la gente, gráciles y selectivas, volando hacia la luz, al son que toca el maestro guitarrista. No me llevéis con vosotras, quiero quedarme un rato más.

En una pompita

Foto de Mandarinaparlante

Siento un inmenso cariño por este lugar y por sus típicas tascas, sus calamares y vermús. Las cañas de después con los amigos no me las pierdo por nada del mundo. Para la próxima.

¿Dónde se ha visto eso en otra parte? Acabarán cargándoselo, pero no podrán eliminar los recuerdos de cuando era un lugar único. Para nada echo de menos el currywurst ni lo que lo rodea.

A cierta hora me reencuentro con mi padre en la tienda de su amigo, como siempre. Es parte del ritual. Saludar, hablar un poco de las Alemanias, de su hijo, de la vida. Con esa naturalidad y cercanía con que hablamos en España y ese “ejque” madrileño que nos caracteriza. Nos contamos lo que nos hemos regalado. Y luego, cuando la avalancha de turistas y de compradores poco madrugadores llegue a su culmen, mi padre y yo ya nos habremos ido, satisfechos o no con nuestra “pesca”, pero felices y orgullosos de ir juntos todavía, de separarnos y reencontrarnos para descubrir, cada uno, su Rastro.

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4 respuestas a El Rastro

  1. Kabalcanty dijo:

    Me gusta tu forma de tomar el Rastro madrileño. Ese olor que se desprende de tus palabras escritas y que nos envuelve frente al monitor, a pesar que hoy sólo sea jueves, por desgracia. Te doy mi enhorabuena, Beatriz, por hacerme creer que estas teclas que ahora toco sean abalorios de un collar que perteneció, en secreto sumarísimo, a un comandante de infantería que en la intimidad se disfrazaba de folclórica sandunguera. Gracias.

  2. Mª José Sanz dijo:

    Beatriz, acabo de leer “Tu Rastro” y me he permitido pasear por el contigo…. muy bueno, trasmites sensaciones, vida; Cuantas veces te digo que te estás desperdiciando!Tienes que escribir porque eres capaz de hacer sentir al que te lee y eso es mucho.
    Un abrazo fuertisimo, sabes que te quiero.
    Mª José

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